07/03/2005

Podemos ser más productivos

Después del canje, habrá que mirar al futuro. Si en esa perspectiva la Argentina se propone evitar otro default, ¿por qué no pensar en la mejora cotidiana de la productividad, en cada puesto de trabajo, tanto público como privado?. Carlos Shapira. Contador público. Autor de Cambiar para crecer (Sudamericana, 1998), ex juez del Premio Nacional a la Calidad y profesor de la UBA.

Después del canje, habrá que mirar al futuro. Si en esa perspectiva la Argentina se propone evitar otro default, ¿por qué no pensar en la mejora cotidiana de la productividad, en cada puesto de trabajo, tanto público como privado?

Fue en el trabajo manufacturero donde se originó el énfasis en la productividad. Adam Smith describió los beneficios de la división del trabajo, y luego Taylor y los Gilbreth hablaron de los movimientos inútiles, de los tiempos muertos y de los períodos de espera en que incurrían las personas participantes del proceso de producción.

Hoy, en las oficinas, las redes informáticas son la forma de organización productiva. En ellas, la incorporación de tecnología es incesante, acumulativa y, a veces, dispersa. Una persona ejecuta varias tareas a la vez, con múltiples interferencias e interrupciones, y por ello una correcta coordinación (mejora del timing) y la fijación de prioridades para economizar tiempos representan formas ordenadas de encarar alzas en la productividad.

Parafraseando a Smith, Taylor o los Gilbreth, hoy nos referimos al "agregado de valor". El tiempo muerto o la espera no sólo no agregan valor: suman costo. Y como todos los costos incluyen desperdicios, una actitud hacia la productividad implica actuar en cada puesto de trabajo con la mira puesta en la continua eliminación de los desperdicios.

Así, educarse y ser educado para la productividad es una materia que debe ser aprobada todos los días en cada puesto de trabajo del país.

Es evidente que el método de estudio o de análisis que adoptemos para impulsar la productividad en las oficinas no puede ser copia fiel del históricamente utilizado para analizar la productividad en los sectores fabriles. Metodológicamente, las oficinas modernas requieren un enfoque de mejora basado en el proceso (la forma en que circula la información) y no sólo asentado en las tareas que ejecutan las personas.

Para los clientes de la nueva economía, aun las esperas cortas pueden parecer prolongadas. Y el tiempo de espera (para recibir un producto o servicio, para ser atendido en un mostrador, etcétera) está estrechamente relacionado con la productividad. Cada unidad de tiempo de demora en cualquier tarea implica un costo creciente, y el gran desafío de la productividad en las oficinas y áreas de servicio es atender velozmente a los "nuevos impacientes", haciéndoles percibir realmente que su frustración es decreciente y su satisfacción, creciente.

Esto es aplicable no sólo a los clientes locales, sino a una necesidad competitiva impuesta por los compradores de todo el mundo. En la nueva economía del conocimiento, globalizada y fuertemente informatizada, la brecha digital (entre personas o entre sectores de una misma organización) conspira contra el alza de la productividad. Cuanto menor sea la marginación tecnológica, mayores posibilidades tendremos de ser -colectivamente, como país- más eficientes. Para Paul Krugman, "sólo la productividad creciente puede hacer rico a un país". En una oficina, esa productividad no crece sólo adquiriendo tecnología. Aumenta también si los que intervienen en el proceso productivo se sienten parte de él, si sus hábitos y su cultura hacia el trabajo responden a las necesidades de las nuevas épocas.

La combinación entre la inversión en tecnología de avanzada y la mejora y asimilación de nuevos métodos de trabajo requiere un largo período de aprendizaje de toda la estructura empresaria. La mejora de la competitividad del país y sus organizaciones debe configurar el esfuerzo de todos los agentes económicos y sociales: empresarios, trabajadores, entidades educativas y el Estado. Este último, en todos sus estamentos, debe asimilar la productividad como una obligación ineludible.

Además de lo principal (el esfuerzo de cada empresa) no nos parece quimérico proponer la creación de alguna entidad (Centro Nacional o Argentino de la Productividad, o como se denomine) que nuclee a los sectores mencionados, lime sus diferencias, aproxime sus coincidencias e impulse un movimiento hacia la productividad y la competitividad que redunde en una simultánea mejora del estándar de vida de los argentinos que se sumen al esfuerzo. Un imperioso desafío para los estadistas que vislumbren un país diferente.

(Publicado en el diario La Nación, el miércoles 2 de marzo de 2005).



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