27/09/2005

CRECIMIENTO, AMBIENTE DE NEGOCIOS Y RESPONSABILIDAD POLÍTICA

El remedio para prevenir un giro negativo en el ánimo de los agentes sociales no es económico, sino sólo político. Consiste en comportarse con “prudencia y justicia”, que traducido a términos modernos, es actuar con calidad institucional. Del Editorial de ARGENTINA GRÁFICA CROMÁTICA Nº 378, firmado por Fernando Leiro, presidente de FAIGA

Editorial de ARGENTINA GRÁFICA CROMÁTICA Nº 378,
firmado por Fernando Leiro, presidente de FAIGA
El ejercicio de la democracia, afortunadamente sin interrupciones por más de 20 años, nos ha dejado la experiencia que los comportamientos sociales durante las campañas electorales generan consecuencias no deseadas.

Dos virtudes básicas del político deben ser la prudencia y la justicia. Ya lo dice la Biblia, “un rey prudente practicará el derecho y la justicia”. Lamentablemente, los tiempos modernos nos han mostrado que esa prudencia, en el mejor de los casos, se aplica al obrar cuando ya se está en el poder, y no cuando se lucha por conseguirlo. Esta feroz lucha competitiva parece que no reconoce parámetros morales. Basta, como ejemplo, las extravagantes expresiones que escuchamos a diario. No es que sean novedosas, pero aún acostumbrados a ese tipo de manifestaciones, sentimos malestar e inquietud.

Ese clima de fuerte tensión que impregna la campaña electoral está transmitiendo la percepción de falta de prudencia en la acción política y, aún sin quererlo, está perturbando el ámbito de los negocios, que creíamos estaba en franca recuperación.

Esa percepción negativa no se debe sólo a nuestros propios, y no deseables, vaivenes. Está, por ejemplo, también intranquilizando la crisis política brasileña que va en paralelo con la poco constructiva campaña electoral en Argentina. Estos hechos nos van sacando espacio para el optimismo, y si las expectativas favorables empiezan a fugarse ¿quién hará proyectos que apunten a crear riqueza productiva?

Este comentario, lejos de la temeridad de la mayoría de los discursos de nuestros “prudentes candidatos”, busca aportar elementos de sentido común que muevan a retomar la senda de la prudencia política.

Repasemos nuestra historia inmediata. La experiencia electoral de 1995 enseñó que el tema económico imponía prudencia. Los vaticinios agoreros que, desde 1999 en adelante, fueron subiendo de tono impactó en la economía doméstica con mayor fuerza que la devaluación brasileña de enero de ese año. Cuando en el proceso de las elecciones legislativas de 2001 quedó en evidencia que el entonces presidente ni siquiera conservaba el respaldo de su propia alianza, la crisis financiera se desató con una velocidad impredecible.

Esos comportamientos recurrentes, nos parece, están indicando que la volatilidad de los mercados que se vivió durante las mencionadas elecciones, más que estar vinculada a fenómenos económicos como la crisis financiera en un caso o la devaluación brasileña en otro, se originan por el impacto mediático de las declaraciones de los candidatos en torno a definiciones e intenciones de política económica.

Si bien estas elecciones no existen grandes diferencias en materia económica, o al menos no se las exterioriza, la lucha por la permanencia en el poder ha cobrado tal gravedad y ferocidad que no podemos menos que preguntarnos sobre el grado de gobernabilidad futuro en caso de un resultado electoral sin un claro vencedor.

Es cierto que en una campaña proselitista, a fin de conquistar o mantener el poder, un político debe exhibir soluciones de compromiso que exceden las restricciones de cualquier escenario económico. El objetivo político lo exige. Si accede al poder, para mantener esas propuestas, requerirá entonces apelar a un nuevo escenario de alianzas dinámicas. O sea, habrá que armonizar entre políticas diferentes y para ello es imprescindible que los vencidos estén predispuestos a acordar.

Está comprobado que en el comportamiento general de los agentes económicos influye no sólo el contenido sino también el modo de exponer eventuales medidas. Por eso, llamamos la atención de que pueden generarse comportamientos de esos agentes basados, más que en la observación objetiva de la realidad económica, en la percepción de un futuro con demasiadas incertidumbres.

El remedio para prevenir un giro negativo en el ánimo de los agentes sociales no es económico, sino sólo político. Consiste en comportarse con “prudencia y justicia” , que traducido a términos modernos, es actuar con calidad institucional.



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