26/03/2008

Enseñar en el amor y el diálogo

Los conocimientos fructifican en las almas fertilizadas a tiempo por el amor, la comprensión y la tolerancia. Aun en el caso eventual de que existan diferencias de criterio o de opinión entre el maestro y el padre o la madre de un alumno, la comunicación de experiencias y valores producirá seguramente efectos positivos si el contexto en el cual se han volcado las enseñanzas está acompañado por un espíritu claro de diálogo, tolerancia y recíproco respeto.

Del Editorial de La Nación del domingo 16 de marzo.

Para que un sistema educativo llene debidamente sus fines, es imprescindible que entre los docentes y las familias de los alumnos exista un adecuado espíritu de cooperación y de diálogo. Y ese espíritu suele faltar por diferentes razones.

Se supone que los padres son los responsables de transmitirles a los hijos los valores y las pautas de comportamiento que los ayudarán a desenvolverse en la vida. Y se supone que la misión de los maestros es impartir a los alumnos los conocimientos y recaudos correspondientes a las distintas vertientes del saber científico o experimental. Pero la diferencia entre esas dos tareas no siempre es fácil de establecer. Hay situaciones en las cuales la comunicación de valores morales y la transmisión de saberes y conocimientos científicos se superponen y hasta se confunden.

Cuando se presentan esas superposiciones o dificultades, no existe otra solución que la que puede surgir de una profunda vocación de diálogo entre el docente que educa al niño en la escuela y el padre o tutor que tiene la responsabilidad de formarlo en el seno del hogar. Y la eficacia de ese diálogo dependerá, inevitablemente, del caudal de racionalidad y de sentido común con que sean capaces de conducirse unos y otros. Si el alumno percibe y reconoce un auténtico clima de cooperación y recíproco respeto entre los educadores y los miembros de su familia, la labor educativa se facilitará y se deslizará en un contexto favorable. Si, en cambio, el niño advierte la existencia de una atmósfera de hostilidades, rivalidades o desconfianzas entre quienes tienen la obligación de formarlo en el aula y quienes tienen la misión de transmitirle las vivencias y enseñanzas que impone la vida familiar, las dificultades seguramente habrán de multiplicarse y es probable que ninguna experiencia educativa, ni la de la escuela ni la del hogar, prospere y se consolide.

Los conocimientos fructifican en las almas fertilizadas a tiempo por el amor, la comprensión y la tolerancia. Aun en el caso eventual de que existan diferencias de criterio o de opinión entre el maestro y el padre o la madre de un alumno, la comunicación de experiencias y valores producirá seguramente efectos positivos si el contexto en el cual se han volcado las enseñanzas está acompañado por un espíritu claro de diálogo, tolerancia y recíproco respeto.

A los problemas creados por las posibles divergencias entre esos agentes básicos y fundamentales de la educación que son los docentes y los padres de los alumnos, hay que sumar las dificultades que pueden llegar a presentarse a causa de las negligencias o debilidades con que unos y otros cumplen, en algunos casos, su tarea. Hace unos días se difundió públicamente un catálogo, elaborado por especialistas, que describe ciertos tipos de padres, y también de maestros, que ejercen deficientemente su responsabilidad. Se mencionan en esa lista a los padres "ausentes", a los padres que delegan su misión educadora en otras personas de su propio círculo familiar o de su conocimiento, a los padres que sobreactúan su relación de amistad con los propios hijos al extremo de convertirla en una fuerza negativa, a los padres que se desautorizan recíprocamente y a los padres imposibilitados de cumplir su misión por su dependencia de adicciones o su propensión enfermiza a la violencia o a otras desviaciones morales.

Especialistas relacionados con diferentes niveles técnicos de la actividad educativa, por su parte, se han referido a la influencia que han ejercido sobre el desarrollo de la educación algunos de los cambios políticos, sociales y económicos ocurridos en los últimos tiempos. Esos procesos han determinado que hoy se encuentre en estado de crisis, en no pocos casos, el "rol del adulto en la sociedad". Quienes sustentan esa opinión afirman que, en el campo de la educación, es fundamental que el adulto sea el sostenedor de los "no" ante los niños y adolescentes, pues ése es el modo de regular sana y adecuadamente su relación con la sociedad. Y señalan que el adulto debe volver a poner los "no" a los niños y a los jóvenes, pero debe tratarse de un "no" que no sea autoritario ni antojadizo. "Debe ser un límite que esté al cuidado del menor", advierten.

Estas consideraciones no implican, por supuesto, el desconocimiento de las virtudes de la comunidad docente argentina, amplia y merecidamente reconocidas. De lo que aquí se trata es de valorizar un conjunto de reflexiones sobre ciertas transformaciones sociales operadas en los últimos tiempos en el país y en el mundo y sobre su incidencia en el sistema educativo actual. Cuanto hagamos los argentinos en favor de la instrumentación de esa clase de propuestas se traducirá, fuera de toda duda, en un mejoramiento sensible y efectivo de la educación argentina y, en un plano más amplio, del progreso cultural del país.



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