10/08/2005

Competitividad de las empresas

La estabilidad macroeconómica y la solvencia fiscal de los últimos tres años han sido dos importantes contribuciones a la competitividad de nuestras empresas. Ahora bien, estas condiciones son necesarias, pero no suficientes para lograr que las empresas argentinas transiten por un sendero de competitividad creciente y sostenible, una competitividad entendida como la capacidad de ganar porciones crecientes de mercado, sin tener que comprimir salarios.

Por Nadin Argañaraz
Presidente del Ieral de Fundación Mediterránea.

La estabilidad macroeconómica y la solvencia fiscal de los últimos tres años han sido dos importantes contribuciones a la competitividad de nuestras empresas. Ahora bien, estas condiciones son necesarias, pero no suficientes para lograr que las empresas argentinas transiten por un sendero de competitividad creciente y sostenible, una competitividad entendida como la capacidad de ganar porciones crecientes de mercado, sin tener que comprimir salarios.

Para alcanzar este objetivo son necesarios dos componentes que se encuentran estrechamente relacionados. El primero depende casi exclusivamente de las decisiones propias de la empresa en términos de inversiones, contratación de mano de obra, innovación, etc. El segundo, está determinado por la calidad del ambiente económico e institucional. Una empresa tendrá más posibilidades de ser competitiva, cuanto más alto sea el tipo de cambio real, mejor sea el clima de negocios y el acceso al crédito, menos distorsiva sea la carga impositiva, mejor sea la infraestructura básica y tecnológica a su disposición y, finalmente, cuanto mayor sea la calidad de la mano de obra.

Si tuviésemos que definir dos evidencias de "competitividad revelada" para la economía argentina, la participación de nuestras exportaciones en el comercio mundial y la atracción de inversiones son indicadores relevantes. La evolución de las exportaciones argentinas como porcentaje de las exportaciones mundiales muestra un importante retroceso respecto de 1998, retrotrayéndonos a niveles de 1985, en que dicho ratio alcanzaba al 0,40 por ciento. Si se compara el desempeño argentino con el chileno, puede apreciarse que este último ha duplicado su participación de hace 20 años, al trepar desde el 0,2% hasta el 0,4 por ciento.

Perdiendo atractivo

En términos de Inversión Extranjera Directa (IED), la Argentina parecería estar perdiendo la capacidad de atracción de capitales foráneos respecto de otros países de la región. Por ejemplo, entre 2000 y 2004 nuestro país registró una contracción del 84%, mientras que en Chile la IED aumentó un 107 por ciento. En síntesis, a pesar del favorable entorno macroeconómico, los indicadores de "competitividad revelada" no presentan un desempeño satisfactorio.

En este sentido, el Ieral se encuentra desarrollando estudios sistemáticos con la finalidad de evaluar tanto fortalezas como debilidades que nuestras empresas enfrentan para competir en el mundo, así como los desafíos que el país tiene para el diseño y la implementación de políticas e instituciones que potencien la competitividad y la atracción de inversiones. Con este fin, se explora cuáles son los pilares que están sosteniendo la competitividad actual de nuestra economía, cuán sustentables son dichos pilares en el tiempo y si son los más deseables en términos del bienestar general de la población.

La descripción de cada uno de ellos en detalle y su contribución a la competitividad exceden el alcance de la presente columna, pero igualmente se intentará resumir tres de los indicadores que en este momento resultan cruciales para diagnosticar el estado de la competitividad actual: tipo de cambio real, productividad laboral y presión impositiva.

El principal factor que contribuye a la compresión reciente del costo laboral en dólares ha sido la drástica depreciación real del peso argentino en 2002. Luego de la sobrerreacción inicial, el tipo de cambio real (TCR) se ha ido ajustando gradualmente a la baja en busca de su equilibrio.

Descenso programado

Tomando como referencia 1997, el TCR multilateral (medido contra la canasta de monedas de los países con los que comerciamos), pasó de 0,90 pesos en 2001 a 2,60 pesos a mediados de 2002, y desde allí descendió hasta alcanzar 2,20 pesos en la actualidad. La apreciación nominal reciente con respecto al dólar y el impacto de la inflación han sido compensados por una depreciación vis-à-vis de otras monedas que permitió la continuidad del TCR alto como fuente de competitividad exportadora.

Respecto de la productividad laboral agregada, desde 1998 la Argentina ha sufrido una fuerte reducción con relación a la de EE.UU.

De un pico máximo alcanzado en 1993, dicho índice se ha contraído en un 30 por ciento. La contracara de este pobre desempeño en términos de crecimiento de productividad, es que la carga de la competitividad la llevan hasta ahora los salarios, lo cual es no deseable y/o sostenible en términos sociales. La prioridad en la agenda debería ser sin duda un aumento sostenido de la productividad, que permita mejoras genuinas de los salarios reales.

Por último, la presión tributaria que ejerce sobre el sector privado el Gobierno de un país en todos sus niveles (central, provincial y municipal en nuestro caso), es un factor que afecta de manera importante a la competitividad de una empresa.

La Argentina en muchos casos presenta alícuotas legales más elevadas que países con los que compite, por ejemplo, en la atracción de inversiones reales.

Si se toma el caso del impuesto a la renta de sociedades, la alícuota es del 35% en nuestro país, mientras que en Brasil varía en un rango de entre el 15 y el 25%, y finalmente en Chile, cuando las utilidades no se distribuyen es sólo del 17 por ciento.

Más allá de que en estas comparaciones debe tenerse presente cómo juegan aspectos como el criterio de renta mundial y otras especificaciones más puntuales, el diferencial existente es importante y obviamente nos juega en contra. Si además se adiciona el hecho de la imposibilidad de ajustar balances por inflación, la alícuota efectiva argentina supera al 35% y condiciona todavía más la competitividad de nuestras empresas.

Como se mencionó en la introducción, la competitividad se nutre tanto de las acciones de las empresas tendientes a mejorar su productividad y la calidad y diferenciación de sus productos, como de acciones del Estado que favorezcan y potencien dichas iniciativas privadas. La estabilidad macroeconómica y la solvencia fiscal actual son dos importantes contribuciones a la competitividad, pero los pilares fundamentales de impacto directo sobre los costos y la productividad de la inversión deben ser monitoreados cuidadosamente, para potenciar la capacidad de crecimiento de la Argentina.

El objetivo básico que se persigue con estos análisis sistemáticos que se harán de ahora en más será aportar elementos que coadyuven a encontrar un sendero de competitividad sustentable en el tiempo. Sería sumamente desalentador que, teniendo una gran oportunidad para encontrarlo desde la política pública y desde la micro de las empresas, se la desaprovechara.

(Suplemento Economía & Negocios del diario La Nación, domingo 7 de agosto)



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