20/11/2016

Más vale preguntarse sobre qué mundo estamos parados

En medio del desconcierto, la dinámica económica y social impuesta por la revolución tecnológica y la velocidad de la vida online vino a demoler lo poco que quedaba (de la cultura de Occidente). Por Héctor M. Guyot.

Cambió el mundo, y luego ganó Trump

Al final, en Estados Unidos pasó lo que todos temían que pasara pero juzgaban imposible. Me incluyo. De allí la sorpresa y el estupor: "Ganó Trump, cambia el mundo", machacaban los medios después de las elecciones del martes. Pero es al revés: primero cambió el mundo y después ganó Trump. Si admitimos esta secuencia quizá el triunfo del magnate sirva al menos para abrir los ojos y adquirir verdadera conciencia de que las cosas, desde hace rato, están más torcidas de lo que pensábamos.

Llevamos un rumbo incierto y peligroso al ritmo de la globalización, los avances tecnológicos y una hipercomunicación desaforada que han hecho estallar las pocas certidumbres que quedaban. Hasta hace poco, al menos en Occidente, vivíamos de los restos de la Ilustración, un sol que desde su ocaso nos enviaba el calor de sus últimos rayos. Claro, esos rayos llegaban enfriados por la mirada desmitificadora de los pensadores críticos y posmodernos, que completaron una tarea acaso iniciada, como escribió Luc Ferry, por Nietzsche y por Freud. Ese saludable trabajo de socavamiento no tuvo como contrapartida la construcción de un nuevo horizonte o de un entramado de reglas consensuadas donde las pulsiones individuales, sociales y políticas pudieran resolverse. En medio del desconcierto, la dinámica económica y social impuesta por la revolución tecnológica y la velocidad de la vida online vino a demoler lo poco que quedaba. Y lo hizo de manera imperceptible, de modo casi natural, mientras nos deslumbrábamos con las impresoras 3D o los espejismos de la realidad virtual. No estoy en contra de estos cambios imparables ni de los beneficios que puedan reportar. Sólo digo que no advertimos la verdadera dimensión de sus efectos colaterales, que impactan de lleno en el corazón de la cultura.

Sólo en el seno de una cultura degradada puede ganar un candidato que ostenta con orgullo defectos graves como la misoginia, la arrogancia o la megalomanía. Más todavía, un candidato así sólo puede ganar en una sociedad donde la confianza se ha resquebrajado y donde prevalecen la desigualdad, el resentimiento y el miedo. Por eso, como ocurre con todos los populismos, el verdadero problema no está en Trump sino en la realidad del pueblo que lo vota, y más aún, en esos factores disolventes de la sociedad del siglo XXI que contaminan la cultura y, entre otras cosas, llevan a la gente a votar a aquel que sabe cómo aprovecharse de ellos en beneficio propio.

Puede que la globalización y la tecnología hayan aumentado la producción de bienes y servicios, como se repite. Pero lo cierto es que, convertido el mundo en un solo tablero de juego a gran escala, esa riqueza se concentra en manos de muy pocos, que acumulan a expensas de la inmensa mayoría, cada vez más empobrecida y excluida del sistema. La brecha crece. Y no es sólo económica. Para entender el voto a Trump sólo hace falta leer el libro Crónica de la América profunda. Escenas de la lucha de clases en el corazón del imperio (editorial Marea), de Joe Bageant, periodista que hace unos años recorrió los estados del centro de Estados Unidos para retratar de cerca la vida de los rednecks y los white trash que tras la presidencia de George W. Bush y el colapso financiero de 2008 perdieron sus trabajos y sus coberturas de salud, y hoy pasan los días embruteciéndose con cerveza en bares de mala muerte. Trump fue la oportunidad de descargar su rabia y su frustración.

Puede que las redes sociales y el flujo de la comunicación virtual sean una invalorable herramienta democrática y representen la posibilidad de que todos sumen su voz al espacio público. Pero quizá por efecto de la multiplicación geométrica de los discursos, las palabras no son lo que eran: se divorciaron de las cosas y ya no importa si representan la realidad. Por eso la mentira, que tan buen rédito le dio a Trump, no tiene consecuencias. Es sólo un estímulo más en alguna de las múltiples pantallas donde transcurre nuestra vida ensimismada. Parte del espectáculo, al fin y al cabo.

Hay antecedentes. Berlusconi es uno de ellos. Personificó, como Trump, la soberbia del dinero. Y, como el norteamericano, redujo a la mujer a un mero objeto de uso. Con esos atributos llegaron ambos a la cima del poder. Primero, al económico, donde se acostumbraron a mandar a su antojo. Después, al político. Pero las cosas cambiaron de entonces a hoy. Trump llega a la Casa Blanca. El malestar, que se verifica en el crecimiento de muchos líderes nacionalistas en Europa, ahora hace eclosión en el centro del sistema. Después de esto, la incertidumbre y el miedo ya no pertenecen sólo a los marginados de la globalización y la revolución tecnológica. Y no está mal: más vale preguntarse sobre qué mundo estamos parados.

Fuente: La Nación, sábado 12 de noviembre



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