05/01/2013

[06-01-13] Venas fuertes de América Latina

En la arena del nuevo mapa global, el éxito en la disputa por el agregado de valor estará estrechamente ligado con el fortalecimiento y la cooperación que se logren entre los países de los distintos bloques. Como miembros del Mercosur, Argentina y Brasil debemos comprometernos con el objetivo de liderar un proceso acorde con lo que nuestra región necesita

Por José Ignacio de Mendiguren, presidente de la Unión Industrial Argentina, artículo publicado en el periódico Página 12

Uno de los objetivos de la 18ª Conferencia Industrial del mes pasado fue realizar un aporte para que la integración productiva con Brasil pase del terreno de lo deseable a la zona de concreción real. En la arena del nuevo mapa global, el éxito en la disputa por el agregado de valor estará estrechamente ligado con el fortalecimiento y la cooperación que se logren entre los países de los distintos bloques. Como miembros del Mercosur, Argentina y Brasil debemos comprometernos con el objetivo de liderar un proceso acorde con lo que nuestra región necesita.

Para llevar adelante la tarea tenemos que buscar respuestas acordes con la dinámica cambiante que presentan los procesos históricos que estamos presenciando. La actual crisis financiera y económica ha dado por tierra con fórmulas que hasta hace poco parecían infalibles. Eso nos exige adaptarnos a los tiempos que corren, y para ello –por ejemplo– nos urge innovar en sentido amplio nuestros vínculos comerciales y productivos. El desafío al que debemos apuntar junto con Brasil es potenciarnos para no ser meros espectadores de la nueva configuración mundial, sino protagonistas influyentes de los tiempos que vendrán.

Estamos hablando de una integración que amplíe los márgenes de nuestra percepción mutua, dejar de concebirnos exclusivamente como mercados para diseñar un proceso que nos edifique como socios poseedores de aptitudes y fortalezas tendientes a la complementariedad. En este desafío, no deberemos perder de vista cuán importante es abordar la integración sin temor a diluirnos, sabiendo que las identidades nacionales juegan un papel preponderante a la hora de pensarnos conjuntamente. Respetando las particularidades propias que nos hacen complementarios podremos construir un cuerpo de reglas graduales, flexibles y equilibradas que se articulen en función del beneficio mutuo.

Hoy, como nunca antes, las venas de nuestra América del Sur están fuertes. Por ellas corren agua, proteínas, minerales y energía, cuestión que reafirma una presunción cada vez más plausible: Argentina y Brasil pueden ser el sistema nervioso central y los responsables principales de que toda esta fuerza llegue a cada uno de los rincones de nuestro subcontinente, en forma de bienestar y riqueza para nuestra gente. El papel de los consensos tendrá un peso sustancial, necesitamos que el diálogo tripartito sea la forma de interpelarnos para darles curso a las coincidencias y mediar en los legítimos disensos.

Para continuar avanzando con decisión en el camino de la integración deberemos mensurar el potencial con el que contamos. Ambas naciones conformamos un cúmulo de 250 millones de habitantes, número más que interesante a la hora de pensar la intensificación del intercambio comercial intra región. Otro dato importante es que generamos el 73 por ciento del PBI Industrial de América del Sur, lo que nos compromete a liderar un proceso de industrialización profundo para toda la región. Somos los sextos productores mundiales de automóviles, y nos encaminamos a superar las 4,3 millones de unidades anuales, proyectando llegar a 6,5 millones en 2020. Si articulamos nuestros proyectos de desarrollo somos, indudablemente, una potencia a nivel mundial.

Es indispensable construir una integración basada en la transformación de todos esos recursos a partir de nuestro trabajo, nuestra experiencia y nuestro conocimiento. La industria es la síntesis de ese proceso, al que a muchos industriales nos gusta llamar desarrollo. En el horizonte de la integración productiva, el desarrollo aguarda ser conquistado. Para emprender ese camino, contamos con lo más difícil de conseguir en cualquier proyecto de largo plazo: la voluntad política de Cristina Kirchner y Dilma Rousseff en pos de industrializar nuestros países. Nada mejor que brindarnos a esta gesta para evitar el riesgo siempre latente de la primarización de nuestras economías. Aquí el rol del Estado será fundamental, promoviendo proyectos de inversión a largo plazo en paralelo con un cambio de la matriz productiva.

Las metáforas sobre desplazamientos suelen ser útiles a la tarea de inocular el entusiasmo necesario para emprender grandes proyectos colectivos, y ahí el ferrocarril como síntesis de progreso y unión. Muchas veces hablamos de que el tren del desarrollo había llegado y no debíamos perderlo, hoy podemos decir que no solamente está aquí sino que la región ya compró su boleto. El desafío es que sumemos la mayor cantidad de vagones necesarios para que subamos todos y no solamente algunos. Afianzar los lazos que nos unen a través del perfeccionamiento de todas las herramientas que tenemos a nuestro alcance (Mercosur y Unasur como ejemplos) es una obligación imposible de eludir.

Transformar nuestras capacidades y matrices productivas, abrirnos a la innovación en sentido amplio, comprometernos en gestionar una cada vez más creciente agregación de valor para nuestra región y construir en la diaria un proyecto propio de inserción en el concierto de naciones son las tareas que nos aguardan mirando el corto plazo. Estos desafíos, y los que seguramente surgirán a posteriori, son las claves para brindarnos una integración acorde con nuestras necesidades. Una integración para el desarrollo.

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