27/08/2006

El comercio global castiga a los países en desarrollo

En la reciente ronda de conversaciones se perdió otra oportunidad de que crecieran los países en desarrollo. Triunfó la falta de compromiso de Estados Unidos y su obstinación en mantener subsidios a productores ineficaces.

Por Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía

Las esperanzas de una ronda de desarrollo en el comercio mundial —que abriera oportunidades para que los países en desarrollo crecieran y redujeran la pobreza— parecen haberse desvanecido.

El fracaso no causó sorpresa: hacía mucho tiempo que Estados Unidos y la Unión Europea habían dejado de cumplir las promesas que hicieron en 2001 en Doha para rectificar los desequilibrios de la última ronda de negociaciones comerciales. Una vez más, triunfó la falta de compromiso de Estados Unidos con el multilateralismo y su obstinación.

Ante la inminencia de las elecciones en noviembre, el presidente George W. Bush no podía "sacrificar" a los 25.000 cultivadores de algodón adinerados o a los 10.000 cultivadores de arroz prósperos y sus aportes para la campaña. Pocas veces tantos tuvieron que renunciar a tanto para proteger los intereses de tan pocos.

Las conversaciones se empantanaron en la agricultura, donde los subsidios y las restricciones comerciales siguen siendo tanto más elevados que en la industria. Dado que el 70% aproximadamente de la gente en los países en desarrollo depende directa o indirectamente de la agricultura, son los perdedores bajo el régimen actual. Pero el foco en la agricultura desvió la atención de una agenda que podría haberse tratado de manera tal que se hubieran beneficiado tanto el norte como el sur.

Por ejemplo, los llamados "aranceles escalonados", que gravan los bienes procesados con una tasa mucho más elevada que los productos no procesados, implican que los aranceles industriales desalientan a los países en desarrollo de emprender las actividades de mayor valor agregado que crean empleos y estimulan los ingresos.

Quizás el ejemplo más atroz sea el arancel de Estados Unidos sobre las importaciones de etanol de $0,54 por galón, cuando no hay arancel sobre el petróleo, y sólo un impuesto de $0,5 por galón sobre el combustible. Esto contrasta con el subsidio de $0,51 por galón que las empresas norteamericanas (un alto porcentaje del cual va a una sola firma) reciben sobre el etanol. Por lo tanto, los productores extranjeros no pueden competir a menos que sus costos sean $1,05 por galón más bajos que los de los productores norteamericanos.

Los gigantescos subsidios hicieron que Estados Unidos se convirtiera en el productor de etanol más importante del mundo. Aún así, a pesar de esta enorme venta ja, algunas compañías extranjeras todavía no pueden triunfar en el mercado norteamericano.

Producir el etanol brasileño basado en la caña de azúcar cuesta mucho menos que producir el etanol norteamericano basado en el maíz. Las compañías de Brasil son mucho más eficientes que la industria subsidiada de Estados Unidos, que le dedica más energía a obtener subsidios del Congreso que a mejorar la eficiencia. Algunos estudios sugieren que se requiere más energía para producir el etanol de Estados Unidos de la que el mismo contiene.

Si Estados Unidos eliminara estas barreras comerciales injustas, le compraría más energía a Brasil y menos a Oriente Medio. Evidentemente, la administración Bush prefiere favorecer a los productores de petróleo de Oriente Medio —cuyos intereses muchas veces parecen discrepar con los de Estados Unidos—, que a Brasil.

En las conversaciones comerciales, Estados Unidos dijo que recortaría los subsidios sólo si otros retribuían abriendo sus mercados. Pero, como señaló un ministro de un país en desarrollo, "nuestros agricultores pueden competir con los agricultores norteamericanos, pero nosotros no podemos competir con el Tesoro de Estados Unidos". Los países en desarrollo no pueden, y no deben, abrir plenamente sus mercados a los productos agrícolas de Estados Unidos a menos que se eliminen por completo los subsidios norteamericanos.

En otras áreas del comercio, se reconoció el principio de los gravámenes compensatorios: cuando un país impone un subsidio, otros pueden imponer un impuesto para compensar la ventaja injusta que se les da a los productores de ese país. Si se abren los mercados, los países deberían tener derecho a contrarrestar los subsidios norteamericanos y europeos. Este sería un avance importante en el intento de crear un régimen comercial justo que promueva el desarrollo.

Existe otra preocupación: Estados Unidos se apresuró a firmar una serie de acuerdos de comercio bilaterales que son aún más unilaterales e injustos con los países en desarrollo, que pueden instar a Europa y a otros a hacer lo mismo. Esta estrategia de dividir y reinar socava el sistema comercial multilateral, que se basa en el principio de la no discriminación. Los países que firman estos acuerdos reciben un trato preferencial con respecto a los demás. Pero los países en desarrollo tienen poco que ganar y mucho que perder al firmar estos acuerdos, que casi nunca ofrecen los beneficios prometidos.

En realidad, todo el mundo pierde si se debilita el sistema de comercio multilateral. El resto del mundo no debe adoptar el enfoque unilateral de Estados Unidos: el sistema de comercio multilateral es demasiado valioso como para permitir que lo destruya un presidente norteamericano que, en repetidas ocasiones, demostró su desprecio por la democracia global y el multilateralismo.

Fuente: Project Syndicate



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