22/02/2013

Protección ambiental, factor de competitividad

Los analistas suelen echarle la culpa a los onerosos sistemas de bienestar social, los altos costos laborales y las crecientes tasas impositivas de Europa por el freno de la competitividad. Pero se deben considerar otros factores de los que se habla mucho menos -particularmente los costos que implica no actuar de inmediato en materia de cambio climático

Connie Hedegaard, comisionada de la UE para la Acción Climática.

La necesidad de contar con energía limpia volvió a ocupar un lugar prioritario en la agenda económica global. Los nuevos líderes de China ahora parecen reconocer que el esmog espeso y peligroso que cubrió a Beijing y otras ciudades es más que un problema de contaminación; es el resultado de un énfasis excesivo en la planificación económica a corto plazo.

De la misma manera, en su segundo discurso inaugural, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, le dedicó más tiempo al cambio climático que a cualquier otro tema y dijo: "No podemos ceder a otras naciones la tecnología que generará nuevos empleos y alimentará nuevas industrias". En el Foro Económico Mundial en Davos, la directora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, y el presidente del Banco Mundial, JimYong Kim, sorprendieron a los líderes empresariales y gubernamentales con sus advertencias de que una recuperación económica genuina sería imposible sin una acción seria en el terreno del cambio climático. Y, en la cumbre más reciente de la UE, los líderes acordaron comprometer al menos el 20% del total de su presupuesto común en inversión relacionada con el clima.

Estos acontecimientos sugieren que los líderes globales finalmente están empezando a entender que, más allá de la crisis económica global, el mundo está experimentando una crisis social y de empleo, así como una crisis de clima y recursos. Y ninguna de estas crisis se puede resolver si no se resuelven las demás.

Es más, los principales competidores comerciales de Europa han comenzado a admitir que centrarse en políticas de desarrollo a corto plazo, a la vez que se ignoran las amenazas a largo plazo para la economía global, es irresponsable y un error estratégico para quienes aspiran a un liderazgo global en el siglo XXI. Si bien hace décadas que los europeos son conscientes de ello, tras la reciente crisis económica, los objetivos inmediatos se volvieron prioritarios -muchas veces a expensas de los objetivos a largo plazo.

La economía de la Unión Europea está creciendo más lentamente que las de sus principales competidores y sus líderes deben asumir un enfoque con mucha más visión de futuro a fin de restaurar -y preservar- el potencial de crecimiento de sus miembros. Deben empezar por identificar no sólo qué es lo que mina la competitividad de Europa hoy, sino también aquellos factores que están poniendo en riesgo sus perspectivas a largo plazo.

Los analistas suelen echarle la culpa a los onerosos sistemas de bienestar social, los altos costos laborales y las crecientes tasas impositivas de Europa por el freno de la competitividad. Pero se deben considerar otros factores de los que se habla mucho menos -particularmente los costos que implica no actuar de inmediato en materia de cambio climático-. Por ejemplo, el CEO de Unilever, Paul Polman, informó que el clima extremo le costó a su compañía 250-300 millones de dólares en 2012. La acción en el terreno del cambio climático, que alguna vez se consideró una cuestión para resolver en el futuro, se ha vuelvo cada vez más urgente, conforme han aumentado los gastos en los que es necesario incurrir para mitigar sus efectos negativos.

Es más, en vista de las altas tasas de desempleo sin precedentes, Europa necesita empleos en industrias dinámicas y competitivas que no se pueden tercerizar fácilmente. La Comisión Europea ha identificado la economía verde como una de las áreas con el mayor potencial para la creación de empleo.

Al mismo tiempo, la creciente dependencia de Europa de los combustibles fósiles importados es un impedimento más para la competitividad. En 2011, el déficit comercial combinado de la UE fue de 150.000 millones de euros (200.000 millones de dólares). Pero la factura combinada por la importación de petróleo fue más del doble -315.000 millones de euros-, y se espera que la cifra oficial para 2012 supere los 335.000 millones de euros.

Si Europa no hace frente a esos desafíos, corre el riesgo de quedar rezagada. Pero Europa no puede elaborar una estrategia industrial en base a energía barata. A diferencia de Estados Unidos y China, que según estima la Agencia Internacional de Energía poseen los mayores depósitos de gas de esquisto del mundo, Europa no puede depender de sus reservas limitadas de energía para bajar los precios -especialmente si se considera que su mayor densidad de población hace que la extracción se torne más difícil y, por ende, implique costos prohibitivos.

En consecuencia, Europa seguirá siendo un importador neto de energía. Y, dada la creciente demanda global de petróleo, particularmente en los países en desarrollo, los precios de la energía importada se mantendrán altos.

Mientras tanto, China -el principal inversor del mundo en proyectos de energía renovable- está atravesando una transformación: pasó de ser la fábrica de bajo costo del mundo a convertirse en líder global en innovación verde y en un importante exportador de tecnologías limpias. En la competencia por este mercado global, Europa no puede competir solamente con los precios.

Sin embargo, Europa sí tiene opciones. Los líderes de la UE pueden construir una economía que sea menos dependiente de la energía importada mediante una mayor eficiencia y una mayor dependencia de energía limpia producida internamente. Al mismo tiempo, deberían hacer frente a otras amenazas importantes para la competitividad a largo plazo de Europa, entre ellas una baja productividad, un mercado interno incompleto y una innovación insuficiente.

Pero Europa no debe prestar atención a los llamados cortoplacistas a relajar sus estándares ambientales, que para algunos afectan su competitividad frente a países con reglas más laxas.

Dada su reputación global como garantes de la calidad, los altos estándares ambientales de Europa son cruciales para su futura competitividad y, por lo tanto, deberían promoverse activamente, en especial en acuerdos comerciales.

Si bien los acuerdos comerciales muchas veces se firmaron a expensas de una acción climática doméstica más fuerte, el nuevo acuerdo comercial de la UE con Singapur apunta a fomentar el comercio y la inversión en tecnologías de energía limpia y promover la oferta pública verde. Esto debería servir como una referencia ambiental para futuros acuerdos -inclusive con Estados Unidos, a pesar de las expectativas de algunos electores norteamericanos de que los estándares de la UE se puedan relajar en un acuerdo comercial bilateral.

Al mantener estándares ambientales elevados, y promover esos estándares entre sus socios comerciales, Europa puede impulsar el mercado global para las tecnologías de energía limpia. Por ser un actor importante en el mercado de tecnología verde -que, según los pronósticos, va a triplicar su valor para 2020-, Europa puede recuperar la competitividad y asegurarse un papel relevante en la futura economía global.

Para tener éxito, Europa debe poner en juego sus fortalezas. Las economías más competitivas de la UE son las más innovadoras y las más eficientes en materia energética, y las que tienen las fuerzas laborales con el mayor nivel educativo. De hecho, para Europa, la respuesta no es más barato; la respuesta es calidad e innovación.

Los principales competidores de Europa están convirtiendo el cambio climático en una oportunidad para fomentar el crecimiento y crear empleos de alta calidad en sectores económicos de rápida innovación. Si los líderes de la UE se demoran en emprender una acción en el terreno del cambio climático, estarán saboteando las perspectivas de una recuperación sustentable de su propia economía.

Fuente: Project Syndicate, 18 de febrero de 2013



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