07/10/2014

Educar para el mundo laboral del futuro

“… los procesos de formación van a contramano de las competencias necesarias para ser sujetos que aporten a las empresas y a la sociedad, mediante aquellas profesiones que aún siquiera se han inventado”. Por Jorge Mosqueira, consultor y catedrático en RR. HH.

El hecho de que haya quienes estén pensando en qué sucederá en el mundo laboral dentro de tres o cuatro décadas es alentador. Aunque el futuro es, por definición, siempre un misterio, dejar de estar todo el tiempo con los pies sobre cubierta y subirse a lo alto del mástil para vigilar el horizonte es útil y sano: puede evitar sorpresas desagradables.

El propio Bill Gates auguró que en 20 años muchos de los empleos actuales desaparecerán, como los camareros, conductores o enfermeros. Pero el experto Abel Linares, en una conferencia reciente, va más allá. Afirma que "el 70% de los niños que hoy van a la guardería, cuando sean mayores trabajarán en profesiones que aún no se inventaron".

Esta afirmación genera una imagen desoladora. Bastará pararse a la salida del jardín de infantes más cercano y hacerse a la idea que en medio de la algarabía es posible descubrir que sólo tres de cada diez encontrarán un lugar en el mundo actual. El resto no se sabe adónde irá a parar.
Esta es la cuestión central. Los modelos de negocio y la gestión empresarial están cambiando radicalmente y el sistema educativo sigue con un atraso de muchos años.

Los que llevan recorridos unas cuantas temporadas recordarán que los pupitres de las aulas incluían un tintero y era imprescindible contar con una lapicera a pluma para escribir lo que la maestra anotaba en el pizarrón.

Había que aprender de memoria y de corrido el abecedario, sin entender muy bien para qué servía, porque al desarrollar una frase nadie acudía a la posición que ocupaba la m o la p, sino que estaba relacionada a la palabra que la contenía. Más cerca aún, todavía se considera que los procesos de enseñanza/aprendizaje tienen lugar solamente en las aulas, durante horarios estandarizados, pautados por un timbre o una campana, emulando una fábrica que produce niños educados.

Peor aún, se sigue valorizando la memoria como estándar de nivel intelectual. Se privilegian las fechas por sobre los significados y las relaciones con el contexto, al igual que se hace con la posición de las consonantes en el abecedario. Importa saber con exactitud en qué año se produjo la Revolución de Mayo, ignorando por qué se produjo. Si algún adolescente responde que Don Quijote de la Mancha fue escrito por Horacio Quiroga es inmediatamente ridiculizado. Es un burro.

Todo esto demuestra que no estamos frente a ignorantes estructurales, sino al anacrónico concepto de lo que es ser una persona educada respecto de la que no lo es, apelando a la nostalgia de cómo se educaba antes. Pero lo que resulta definitivamente grave es que los procesos de formación van a contramano de las competencias necesarias para ser sujetos que aporten a las empresas y a la sociedad, mediante aquellas profesiones que aún siquiera se han inventado.

Esto implica que habrá que revisar los criterios con los que se constituyen los procesos de aprendizaje, porque los talentos van a ser cada vez más escasos. Y la culpa no será de los jóvenes, que han sido sumergidos en un sistema educativo que no encaja en su presente y mucho menos en su futuro.

A veces, en verdad, subirse al mástil no es gratificante, pero tampoco tiene la obligación de serlo. Puede indicarnos que se aproxima una tormenta o que estamos yendo en la dirección equivocada. Corregir el rumbo, en el caso que mencionamos, no es tarea de unos pocos días, ni fácil ni prescinde de grandes esfuerzos, pero surge claramente la imperiosa necesidad de adecuar el enfoque sin estar aferrados a una currícula que ya no sirve

Fuente: La Nación, domingo 5 de octubre



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