No habrá crecimiento sustentable en la Argentina sin una clase empresarial talentosa y comprometida.
El éxito económico del país y la superación de las trabas al desarrollo serán imposibles mientras la figura del empresario siga siendo desvalorizada y en tanto nuestra sociedad aprecie tan poco la creación de riqueza.
Distintos factores han obrado durante muchos años para esparcir esas creencias a lo largo del suelo argentino. Sin embargo, hay un dato clave que permite explicar su origen: si los propios hombres de negocios no defienden sus ideas ni son capaces de convertirse en modelos aceptables para otros, en especial para los jóvenes, ellos mismos seguirán alimentando aquel desdén.
Por ese motivo, deben ser bienvenidos algunos encuentros entre hombres de negocios y representantes de cámaras empresariales, en los cuales no faltó la autocrítica y se llegó a la conclusión de que el silencio de los empresarios no es buen negocio para ellos ni para el país.
De los testimonios oídos durante el XII Encuentro Anual de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), pueden extraerse valiosas lecciones en el sentido descrito. La Argentina -se dijo- posee una llamativa vitalidad, pero se trata de una vitalidad sin forma. Los conflictos, las pasiones, la lucha por los distintos intereses transcurren a ciegas. Es una deformación imposible de ser superada si no se restablecen los partidos políticos y si las asociaciones sectoriales no consiguen mirar más allá del interés particular para identificar el bien común. … Durante la larga reflexión del empresariado, convocado por ACDE, hubo un leitmotiv llamativo por su recurrencia: la autocrítica de los hombres de negocios por la defección de la mayoría de ellos a la hora de defender sus principios en público.
La falta de asociatividad de los empresarios es una de las grandes fragilidades de la vida pública en el país.