Qué tiene que ver el volcán islandés Eyjafjalla con el mundo del trabajo? La explosión y el reparto de ceniza por toda Europa paralizaron los aeropuertos. La situación propició la necesidad de que se reunieran y comunicaran los ministros de Transporte y la solución llegó de la mano de una videoconferencia que compartieron el 18 de abril pasado. Se ahorraron los miles de euros que hubiera significado el desplazamiento de cada uno hasta un espacio común. Esta cuestión, la del ahorro, despertó el interés sobre un proceso que se encuentra en marcha: el teletrabajo.
Según la Cámara de Comercio de Navarra, España, cada teletrabajador posibilita un ahorro promedio de 1200 euros anuales. Algunas empresas, la mayoría grandes y en las primeras posiciones en las encuestas sobre los mejores sitios para trabajar, ya han adoptado la modalidad, con resultados positivos. Pero, como siempre, la experiencia tiene sus pros y también sus contras.
En principio, parecería que pueden ser incluidos solamente los empleados cuya tarea se asienta en elaboraciones intelectuales. El diseño de proyectos, los informes, la redacción de textos o gráficos en general, pueden lograr su vía regia a través de las computadoras. Cuando observamos una oficina poblada de cubículos, donde cada uno permanece todo el tiempo frente a la pantalla, es legítimo preguntarse si es realmente necesario que el empleado esté trabajando allí. Luego vienen los derivados de necesidades humanas, como los refrigerios, las instalaciones sanitarias, el mobiliario, la corriente eléctrica, etcétera. Pero podría avanzarse más allá e incluir ciertos procesos industriales en los que el empleado va controlando desde una cabina de qué modo se va transformando la materia prima e interviene, mediante el manejo de un tablero de comando, en la interrupción o adecuación de la operación. No deja de ser una posibilidad el hecho de manipular máquinas, a futuro, desde una computadora instalada en su hogar.
Las alternativas son varias, en tanto estemos abiertos a aceptar todo lo que la tecnología nos brinda. Naturalmente, no todos los puestos de trabajo pueden trasladarse a teletrabajo. Por ahora, si los técnicos de mantenimiento tienen que ajustar una máquina, habrá que utilizar las manos y herramientas convencionales.
Las innovaciones no impactan únicamente en los recursos operativos, sino que invaden otros aspectos, algunos económicos y otros de carácter social. El traslado de la tarea al hogar implica hacerse cargo de los gastos que implica. La remuneración, por lo tanto, debería estar acorde con la nueva situación, estableciendo parámetros diferentes de los que estamos acostumbrados. No podrán evitarse los contactos personales periódicos. La presencia física de un jefe o un compañero de trabajo es imprescindible. La relación se completa y enriquece. Un par de ejemplos: el teléfono no reemplazó totalmente una entrevista; el cine o la televisión no hicieron desaparecer la magia del teatro.
A la vez, los teletrabajadores deben contar con competencias muy específicas, planificando y controlando sus tiempos productivos. En suma, una sólida autodisciplina. Por último, el escollo más importante: aceptar mecanismos de control por objetivos, donde el jefe abandone la ancestral costumbre de vigilar, mediante contacto visual, qué está haciendo ese hombre o esa mujer que supervisa. Es, en síntesis, un mundo nuevo.
Fuente: Diario La Nación, Sección Empleos, domingo 9 de mayo.