
Durante el Encuentro de las Academias de la Lengua Española en Rosario, hace pocos años, un grupo se manifestó en contra del castellano como lengua del conquistador y a favor de los idiomas precolombinos. Mi pregunta, entonces y ahora, fue esta: ¿y en qué lengua se entienden un maya de Yucatán y un quechua de Perú? La respuesta: en castellano, que es la lengua común a todos, y no en maya o en quechua, habla privativa de un solo pueblo y una sola nación.
Al conmemorar el Bicentenario de las independencias hispanoamericanas, conviene reafirmar que nuestra cultura se ha desarrollado con rasgos raciales diferentes: más indígenas en México y Guatemala, en Ecuador, Perú, Bolivia; más europeos en el Cono Sur; más afroamericanos en Brasil y en el Caribe. También los sistemas políticos han diferido y difieren, de dictaduras personalistas a democracias representativas. Las fronteras nos separan.
Y la lengua nos une. Si algo debemos celebrar en 2010 es la unidad inicial, esencial que el castellano nos procura. Digo "castellano" porque en la propia España vascos, catalanes y gallegos reclaman una lengua propia. Sólo el castellano nos reúne a todos nosotros, los hispanoamericanos. Esto no significa desprecio o exclusión de las lenguas prehispánicas. Todo lo contrario: la universalidad del castellano, por suerte, por tenerla, dio cabida a todas las lenguas anteriores al castellano en las Américas. Recordemos solamente que las lenguas del centro de México fueron salvadas por Bernardino de Sahagún y Vasco de Quiroga en el siglo XVI y, hoy, por el padre Angel Garibay y su traducción de la poesía náhuatl de México.
Las fechas de la independencia son, así, fechas de la lengua que nos une -el español- y de las lenguas que nos diversifican -náhuatl, maya, zapoteco, quechua, guaraní, mapuche-, a las cuales hay que añadir las voces de origen africano que, despojadas de sus orígenes, vinieron a enriquecer el habla europea de las Américas.